La cerámica sevillana no es solo un oficio: es un espejo donde se refleja la historia, la cultura y el alma de la ciudad. Desde los primeros asentamientos tartésicos hasta las manos que hoy seguimos modelando y esmaltando piezas en nuestro taller familiar, el barro ha sido un hilo conductor que une generaciones, estilos y técnicas.
En nuestro caso, este oficio forma parte de la vida diaria desde hace décadas. Nuestro taller, hoy en Mairena del Aljarafe, fue fundado en 1952 en Sanlúcar la Mayor por Don Julio Fuentes de Fuentes y Doña Juana Moreno Morales. Ella, auténtica columna vertebral del negocio familiar, trabajó con talento, rigor y dedicación hasta su retiro. Tras el fallecimiento de Don Julio, nos trasladamos a Mairena para estar más cerca de Triana y del Barrio de Santa Cruz, donde se encuentran nuestras tiendas principales. Y aquí seguimos, cuidando cada pieza que sale de nuestras manos, conscientes de que formamos parte de una historia mucho más grande.
Orígenes: de Tartessos a Roma
Las raíces de la cerámica en Sevilla se hunden en el territorio que, hace más de 2.500 años, ocupaban los tartessos. Aquellos pueblos, asentados en el valle del Guadalquivir, ya modelaban el barro con fines utilitarios y decorativos. Las formas eran sencillas, pero los acabados denotaban un conocimiento técnico que sentó las bases de todo lo que vendría después.
Con la llegada de Roma, Hispalis se convirtió en un importante centro productor. Las ánforas sevillanas viajaban por el Mediterráneo cargadas de aceite de oliva y vino, mientras los talleres producían también cerámicas finas para uso doméstico. La influencia romana dejó huella en las formas, en la organización de los talleres y en la introducción de hornos más eficientes.
El esplendor andalusí
La verdadera explosión artística llegó con la etapa andalusí. Desde el siglo VIII, Sevilla se convirtió en un núcleo destacado de producción cerámica gracias a la introducción de técnicas como la cuerda seca, la arista y, sobre todo, el uso del vidriado.
Los alfares se multiplicaron en Triana, donde la arcilla de alta calidad y la proximidad al río Guadalquivir facilitaban el transporte y el comercio.
Los motivos geométricos, epigráficos y vegetales, junto con la influencia de la cerámica persa y norteafricana, dieron lugar a un estilo único que aún hoy reconocemos en zócalos, alicatados y azulejos repartidos por toda Sevilla.
Del mudéjar al Renacimiento: la revolución del azulejo
Tras la conquista cristiana, muchos artesanos musulmanes permanecieron en la ciudad trabajando como mudéjares. Fue entonces cuando la cerámica sevillana comenzó a incorporar elementos góticos y renacentistas, pero sin perder sus raíces técnicas.
En el siglo XVI, la llegada de maestros como Niculoso Pisano marcó un antes y un después. Pisano introdujo el azulejo pintado al estaño, permitiendo representar escenas figurativas con un nivel de detalle y color desconocido hasta entonces.
Su obra en el Alcázar de Sevilla y en la Casa de Pilatos sigue siendo una referencia para artesanos y estudiosos de la cerámica.
Siglo XVII y XVIII: auge y cerámica de montería
Durante los siglos XVII y XVIII, Sevilla vivió un nuevo momento de esplendor cerámico. La cerámica de montería, con sus escenas de caza y paisajes campestres, se popularizó en patios, fachadas y salones de casas señoriales.
La técnica de arista seguía presente, pero la pintura a mano sobre azulejo esmaltado ganó terreno, permitiendo composiciones más libres y personalizadas.
Fue también la época en que los talleres trianeros perfeccionaron la producción en serie de azulejos para exportación, llevando el nombre de Sevilla a otras partes de Europa y América.
Siglo XIX y XX: tradición frente a industria
Con la Revolución Industrial, la cerámica sevillana tuvo que adaptarse a la competencia de productos industriales y a los cambios de gusto. Sin embargo, Triana resistió gracias a la calidad artesanal y al prestigio acumulado durante siglos.
En el siglo XX, figuras como Aníbal González recuperaron el uso masivo del azulejo en arquitectura, especialmente en la Plaza de España (1929), que se convirtió en un icono mundial de la cerámica sevillana.
La cerámica sevillana en el presente
En nuestro taller seguimos utilizando técnicas tradicionales —como el vidriado y la pintura a mano— combinadas con herramientas modernas que mejoran la precisión y la durabilidad.
Trabajamos exclusivamente con hornos eléctricos, que nos permiten controlar cada fase de la cocción y garantizar acabados de alta calidad y consistencia.
Cada pieza que realizamos es un homenaje a los artesanos que nos precedieron. Desde el zócalo mudéjar de un palacio hasta la placa devocional de una fachada trianera, la cerámica de Sevilla sigue contando historias, y nosotros tenemos el privilegio de seguir escribiéndolas en barro y esmalte.
Un legado que sigue vivo
Más de 2.000 años de historia nos contemplan. Y cada día, en nuestro taller, sentimos que aportamos un eslabón más a esa cadena de manos, hornos y pinceles que han hecho de Sevilla un referente mundial de la cerámica.
Para quienes nos visitan desde fuera, la cerámica es una postal viva de la ciudad. Para quienes hemos nacido aquí, es parte de nuestra identidad, tan inseparable como la luz del Guadalquivir o el aroma del azahar en primavera.
Deja tu comentario